Las Comparaciones son Odiosas

Cuando las personas tienen la libertad para hacer lo que quieren, por lo general comienzan a imitarse mutuamente – Françoise Sagan.

¿Qué nos lleva a compararnos unos con otros? ¿Por qué las consultas de psicólogos y terapeutas se llenan con problemas de autoestima e insatisfacción por el resultado obtenido en nuestra propia vida?

Existen diferentes líneas de investigación que podrían responder a éstas y otras preguntas similares pero en este artículo nos centraremos en el origen de la necesidad de compararse con nuestros semejantes así como en el sentimiento de injusticia que se llega a generar como resultado de alguna de estas comparaciones y es que las Comparaciones son Odiosas!

Para ello hablaremos de Frans B.M. de Waal un investigador holandés especializado en psicología, primatología y etología que en 1975 comenzó un proyecto, que duraría seis años, sobre la colonia más grande del mundo de chimpancés cautivos, en el parque zoológico de Arnhem.

De Wall llevó a cabo un experimento muy famoso para estudiar el concepto de Justicia en estos primates (Video: Two Monkeys Were Paid Unequally).

En el siguiente link podéis ver toda la conferencia respecto al experimento subtitulada en español: https://youtu.be/iiUHjmcETIQ

En este vídeo podemos ver como estos dos primates tienen una tarea muy simple que hacer. Consiste en recoger una ficha y entregarla a la investigadora. Según el experimento si les daban pepino a ambos para la tarea, éstos estaban perfectamente dispuestos a hacerlo 25 veces seguidas. Ahora, cuando a uno le daban pepino y al otro le daban uva, su alimento preferido, creaban tal desigualdad entre ellos que se podía observar como el primero de ellos, el que recibía solo pepino, mostraba una fuerte reacción al respecto. El primate que obtenía pepino, notaba que el primer trozo de pepino estaba perfectamente bien. El primer trozo se lo comía pero al ver que su compañero obtenía uva (agravio comparativo) no solo no se comía el pepino sino que lo arrojaba a modo de protesta exigiendo la misma recompensa.

Con esto podemos observar como incluso en el mundo animal nuestra percepción de las cosas puede ser positiva hasta que nos comparamos con los demás.

Tal y como observamos en el experimento, en el ámbito relacional las personas reaccionan a las comparaciones de diferentes formas y en función de dos factores condicionantes. Por un lado, nos encontramos con nuestra propia valúa, es decir, el concepto que tenemos sobre nosotros mismos. Por otro lado, nos afecta también la satisfacción de nuestras propias expectativas respecto a aquello que creemos merecer. Dichas expectativas suelen estar, a más, condicionadas por nuestra cultura y por nuestros valores, de tal manera que pueden irse modificando en función de nuestro entorno o de nuestra propia evolución.

Respecto al primer factor, podríamos decir que a mayor satisfacción y confianza en uno mismo menor agravio sentimos a la hora de compararnos con los demás. Teniendo en cuenta esto, podemos tomar como ejemplo el siguiente suceso:

“El hecho de que la vecina use una talla menos de pantalón puede atraer más o menos nuestra atención en función del concepto que tengamos de nosotros mismos”. Si mi autoestima está conservada y me puedo valorar de forma global seguramente mis pensamientos giren al torno de: “pues tiene un buen tipo”; junto con algún pensamiento del estilo: “quizás debería ajustar un poco mi dieta” y una vez pasado el momento quizás ni vuelva a recordar la situación o tome alguna pequeña medida al respecto como ponerme a dieta durante unos días.

¿Pero qué sucede cuando mi autoestima no está conservada y tengo dudas sobre mis propias competencias? Si llegamos a esta situación pueden haber dos tipos de respuesta:

  • La persona se siente infravalorada y le sobrevienen pensamientos negativos sobre su propia persona, como por ejemplo: “ella sí que tiene un buen tipo, no como yo que soy gorda y fea y encima no tengo gracia para vestirme, soy un desastre…”. Este tipo de pensamiento es extremadamente perjudicial para nuestra salud mental. A medida que se van reiterando van minando nuestra propia autoestima al ser pensamientos recurrentes que dificultan a la persona desviar su atención hacia otros aspectos más positivos de sí misma.
  • También puede suceder que la persona se sienta de igual forma infravalorada pero que, en este caso, haya aprendido a combatir estos sentimientos, no con la tristeza o la repulsión hacia uno mismo del ejemplo anterior, sino con la ira y el desprecio por la persona objeto de envidia o deseo. En este caso los pensamientos de dicha persona podrían girar al torno de “menuda tía, seguro que se viste así para ir provocando y encima mira que piernas más feas que tiene, yo si fuera ella me daría hasta vergüenza salir a la calle”. En este caso los pensamientos son negativos a la vez que destructivos puesto que la persona “afectada” intenta volcar sobre la persona “deseada” el odio y desprecio que en realidad puede llegar a sentir hacia sí misma.

 

En ambos casos, las consecuencias son muy negativas para nuestra propia autoestima y para nuestra capacidad de relacionarnos de forma saludable con las personas que nos rodean.

Hemos comentado, también, la influencia que ejerce la satisfacción de nuestras propias expectativas a la hora de compararnos con los demás. Como veíamos en el experimento de Waal, el primer primate se sentía satisfecho y contento con su recompensa por hacer la tarea, el pepino, en este caso, le parecía una buena recompensa, pero en el momento en que ve como a su compañero, por hacer lo mismo, le gratificaban con algo mejor su reacción no se hace esperar.

En las relaciones humanas sucede de igual modo. Podemos observar como en la actualidad se han ido modificando nuestros valores a causa de un aumento en nuestra necesidad de consumo: queremos tener cada vez más, mejores coches, mejores casas, más dinero, mejores adornos, etc. Inicialmente podríamos vivir sin todo ello, es más, si hiciéramos referencia a otra cultura seguramente esta “necesidad” no sería significativa. Sin embargo, la sensación de insatisfacción es cada vez más apremiante. Miramos a nuestros vecinos, compañeros o amigos y deseamos poseer lo mismo que ellos poseen, si puede ser más mejor y en caso de no obtenerlo experimentamos un terrible sentimiento de injusticia (“¿porqué él si y yo no?”). Es curioso ver como este efecto se produce de forma más acuciante en los países desarrollados. Como decía Françoise Sagan, “Cuando las personas tienen la libertad para hacer lo que quieren, por lo general comienzan a imitarse mutuamente”. La falta de originalidad es patente. Queremos más, pero por encima de todo queremos más que el otro, con el objetivo de poder alimentar nuestro Ego conservando, de esta manera, una falsa sensación de éxito.

• Si te invaden de forma recurrente pensamientos negativos respecto a tu propia valía o apariencia existen varias técnicas que pueden ayudarte a incrementar tu autoestima. Por ejemplo, puedes elaborar una lista de tus 50 mejores cualidades… Sí has leído bien, 50! Ni una menos. Nuestras mejores cualidades pueden ser cosas también sencillas como saber cocinar, tener cierta habilidad con las manualidades u otras características positivas de tí mismo. Una vez tengas elaborada esta lista reléela y pregúntate qué pensarías si te entregaran esta lista de otra persona, ¿qué opinión tendrías de esa persona? En la mayoría de las ocasiones somos mucho más benevolentes y positivos con aquellos que nos rodean que con nosotros mismos. Escribe tu opinión “de esta persona” al dorso de la lista y guárdala en algún sitio accesible para poder volver a leerla cada vez que notes que tu autoestima no está en su mejor momento!.

• Una manera de sentirse satisfecho con tu propia vida es agradecer cada día y de forma constante aquello que ya posees (ya sea material o espiritual). Dar gracias por el sol que ilumina tu cara en un día soleado, cuando tu hijo te coge de la mano, cuando un compañero te regala una sonrisa de agradecimiento, por tu coche (otros no lo tienen) tu hogar (algunos viven en la calle), etc. Puede parecerte de sentido común pero para hacerlo realidad, para que sea efectivo, acostúmbrate a escribirlo en un diario o similar. Empezar o acabar el día dando las gracias por las cosas experimentadas de forma positiva activa nuestro espíritu y renueva nuestras energías “programando”, así, a nuestro cerebro para observar las cosas des de su lado positivo y sin focalizarnos en los aspectos más negativos.

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