El Psicólogo y su GPS

Este artículo está dedicado a ti, ¡Psicólogo!

Con una profesión altamente gratificante por la ayuda que ofrecemos a los demás en muchas ocasiones perdemos la perspectiva respecto a nosotros mismos o incluso respecto a aquellos que más nos importan, nuestras familias.

Muchos son los que creen que gozamos de un sexto sentido inmune a las preocupaciones o dolencias que sufren el resto de seres humanos. Damos recomendaciones y encontramos respuestas a los males e inquietudes ajenas, y de cierta manera esto genera una imagen “de perfección y miedo”. Digo miedo porqué es un tópico que te presenten y lo primero que suelen preguntarte es si “¿vas a estar analizando todo lo que hacen y vas a saber en qué están pensando?”. Creo que es justo reconocer que la primera parte normalmente suele ser cierta, aunque es algo totalmente involuntario, como cuando aprendes a conducir y dejas de pensar si va antes el embrague o meter la marcha… no obstante, ¡lo de saber en qué están pensando se nos escapa bastante!.

Hasta aquí podríamos pensar que realmente ser psicólogo en el ámbito personal no debe estar tan mal, y es cierto que tiene muchísimas ventajas y beneficios pero también tiene sus riesgos y adversidades…

Por ejemplo, ¿por qué los psicólogos nos perdemos con el GPS? Es curioso como somos capaces de trasladar este mecanismo “de leer el comportamiento humano y realizar hipótesis en el mismo sentido” a cualquier tipo de situación, y ya puestos, ¿por qué no?, a “la maquinaria no pensante”.

Si observamos algo que no “cuadra” con nuestra experiencia, saber o comportamiento esperado, empezamos a hacernos preguntas continuas: “¿querrá decir que…?”, “¿seguro que no se está equivocando?”, “¿eso no es lo que suele suceder cuando…?”, “¿qué hace que ahora se comporte así cuando normalmente se comporta de otra manera?” etc.. De esta manera, entorpecemos nuestro funcionamiento cognitivo con diferentes preguntas que hacen que nos distraigamos de lo esencial en ese momento: ¡seguir las instrucciones del GPS y llegar al lugar! Lógicamente nos acabamos perdiendo y dando más vueltas de las necesarias hasta que, agotados y frustrados, ¡decidimos dejar de hacernos preguntas y seguir las instrucciones!

El ejemplo anterior puede ser anecdótico, pero ¿qué sucede cuando agotados de nuestro día, de escuchar la problemática ajena con máxima atención y predisposición llegas a casa y tu pareja o tu hijo necesita también que le escuches? Aquí ya la situación se empieza a complicar un poco más. Y es que tu familia espera de ti, mínimo, el mismo trato que das a tus pacientes. Y debes pensar que has dejado el listón muy alto porqué ellos saben de lo que eres capaz de hacer por los demás. Pero claro, tu estás agotado y a veces te gustaría ponerte en modo off y que a tu alrededor solo se oyera el rumor de las olas del mar.

Es aquí donde SÍ puede surgir un problema: justo empiezas a hacer aquello de lo que tus pacientes intenta huir en su ambiente familiar.

Avancemos un poco más. ¿Qué sucede cuando tu pareja comete un error, tiene un disgusto o por el motivo que fuera no se comporta como quizás debiera o esperas que haga? Si eres psicólogo ahora lo estarás viendo claramente… ¿buscamos posibles “traumas infantiles”? ¿les hablamos de la falta de comunicación? ¿problemas de impulsividad o poca tolerancia a la frustración?, ¿sobreprotección de su madre/padre?, ¿les hacemos de madre, padre, psicólogo, amigo, etc…? Porque os voy a decir un secreto, ellos no necesitan nada de esto, solo necesitan que seas su pareja y que le des amor y comprensión, como el resto de seres humanos. Tu pareja no es diferente, ¿por qué tratarla diferente entonces?

No obstante, estas son algunas de las posibles limitaciones personales de nuestra profesión. Limitaciones que bien gestionadas no tienen que repercutir en nuestras relaciones familiares. Recordemos, pues, que ser Psicólogo también te ofrece múltiples beneficios no solo personales sino también familiares: posees herramientas de comunicación y sobretodo de escucha activa hacia tus seres queridos, tienes capacidad de reformular problemas para que ellos puedan afrontarlos mejor y de una forma constructiva, sabes gestionar tus propias emociones y ayudas a tus hijos a aprender a gestionarlas, aportas equilibrio, paz, armonía, y en este caso la lista puede ser tan larga como hayas aprendido a cultivarla….

  1. Aprende a decir NO a tus pacientes, ellos son importantes pero también lo es tu familia y ellos también necesitan de ti.
  2. Ponte un horario, ¿conoces el concepto de conciliación? Aplícatelo a ti también…
  3. No hagas de “mami/papi”, haz de esposa o esposo, padre o madre, hijo o hija, el resto déjaselo a los profesionales.
  4. Haz que tu hijo se sienta importante, “el paciente más atendido”, no dejes que piense que antes escucharás los problemas de otros niños antes que los suyos… él es tu centro de universo y así lo debe creer!
  5. Déjate algo para ti mismo, cuídate, mímate o incluso visita a otro psicólogo para ayudarte a mejorar esta parte de ti, insisto, acude a un profesional y reconoce que tu no eres tu mejor profesional.

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