Ansiedad. Gran enemiga, fiel compañera.

Aunque la Ansiedad sea parte de la vida, nunca dejes que ella controle tus movimientos – Paulo Coelho

 

Todas las personas saben lo que es sentir ansiedad: los hormigueos en el estómago antes de la primera cita, la tensión que se siente cuando un jefe está enfadado, la forma en que su corazón late si se está en peligro. En estos casos la ansiedad incita a actuar. Nos anima a enfrentarnos a una situación amenazadora, nos hace estudiar más para ese examen o nos mantiene alerta cuando estamos dando un discurso. En general, nos ayuda a enfrentarnos a múltiples situaciones.

Pero si uno sufre de Trastorno de Ansiedad, esta emoción normalmente útil puede dar el resultado precisamente contrario: evitar que nos enfrentemos a una situación y trastornar nuestra vida diaria.

Hablar de Ansiedad es fácil para un psicólogo, puede considerarse uno de los trastornos “más leves” dentro del Manual de Diagnósticos DSM V. No obstante, siendo de los más leves también es de los más frecuentes, está en mayor auge en las últimas décadas y a la vez es uno de los trastornos que menos estudios de investigación tiene.

En mi caso la Ansiedad no es un trastorno ajeno y desconocido. La Ansiedad ha sido mi Gran Enemiga y Fiel Compañera durante muchos años. He convivido con ella, hemos discutido, ha evolucionado en mí mostrándose de múltiples maneras y diferentes aspectos pero siempre siendo ella, una Gran Enemiga resistente a dejarme y fiel a acompañarme en todas las etapas y experiencias de mi vida.

Durante años no conocí una forma distinta de enfrentarme a experiencias nuevas, transportes públicos, alejamiento de mi hogar, viajes, excursiones, nuevos amigos y un largo etcétera de situaciones que me provocaban todo tipo de síntomas y pensamientos recurrentes que me limitaban. La Ansiedad me impedía hacer aquello que me ilusionaba, en definitiva, me amargaba la existencia por momentos. Hubo épocas en que tiraba la toalla y dejaba de hacer aquello que me ilusionaba, evitando a toda costa sentir la punzada constante de mi Fiel Compañera. Su presencia me atormentaba, me angustiaba y lo peor, me sumía en una gran soledad pues me daba vergüenza compartir su existencia con mi entorno pues no sabía como explicar su razón o el motivo de su aparición. Lo que más me angustiaba de todo era no conocer sus motivos, no saber el porqué. Aún así, aprendí a convivir con ella, nos hicimos compañeras de viaje y poco a poco aprendí a domarla lo suficiente para que mis limitaciones “conscientes” fueran las mínimas. Solo tardé 10 años de mi vida, que gran ironía.

Llegados a ese momento creí tenerlo todo ganado, estaba tan automatizada y me había costado tanto conseguir estos mínimos que no lo vi venir. Mi Fiel Compañera consintió estar adormecida bajo la alfombra, asomando la cabeza de vez en cuando para que no me olvidara totalmente de ella. Pero era tan solo un engaño, una ilusión pasajera. Mi Gran Enemiga solo esperaba el momento oportuno, cuando bajara la guardia, para aparecer cuando la decisión ya no podía ser mía. Y así es la vida, cuando nuestro alrededor se desmorona sin que nosotros podamos hacer nada y sin bases sólidas donde apoyarnos, nuestro entorno nos engulle haciendo de nosotros un simple despojo. En esos momentos, quieres gritar y pedir ayuda pero la vergüenza y la incomprensión se apoderan de ti sumiéndote en una eterna soledad e indefensión. Llegados a ese punto solo hay dos caminos, la resignación y el aislamiento o pedir ayuda.

Tomé la decisión más difícil para mí y era exponer mi problema a un profesional (era irónico pues era un profesional como yo y nosotros creemos saberlo todo :P). Mi psicóloga me ayudó enormemente, me acompañó abriendo puertas y cerrando ventanas en un torbellino de miedos y experiencias dolorosas de mi vida. No recuerdo haber sufrido tanto como en aquellos momentos que compartimos en su salón pero también recuerdo la sensación de alivio y comprensión que tanto significaron para mí.

No obstante, no conseguí superar del todo los ataques de Ansiedad, mi Gran Enemiga seguía apareciendo muy de tanto en tanto y por escasos segundos pero dejando claro que yo aún seguía necesitándola. Con el tiempo comprendí que ella estaba conmigo para “marcar mi camino”, me mandaba mensajes a gritos pero yo no los podía escuchar, no hablábamos el mismo lenguaje. Solo pude descubrir su lenguaje con el enfoque de la Terapia Familiar. Comprender las relaciones con mis padres, mi desarrollo en la infancia y adolescencia y como fui solventando cada piedra en el camino me dio las respuestas que necesitaba y de repente, Mi Fiel Compañera se marchó, ni siquiera se despidió. Simplemente fue pasando el tiempo y no volvió a aparecer. Siempre he pensado que si después de tantos años no ha vuelto es que ya no tiene nada más que decirme, ya he aprendido todo lo que tenía que aprender para enfrentarme a la vida con nuevas herramientas y con una versión de mi misma mejorada que me hace sentir bien y confiada, ahora ya puedo decir que no tengo miedo a nada.

Hoy hay una sola recomendación. Si llevas mucho tiempo con esta situación no desfallezcas sigue buscando alternativas de ayuda, no existe una fórmula mágica pero sí alguien que finalmente te podrá ayudar a salir de “ese agujero” encuentra a este/a compañero/a de viaje, busca el profesional que se adapte a tus necesidades y no desfallezcas aún cuando ir a verle te resulte doloroso porqué al final de ese dolor existe un camino de luz que consiste en vivir tu vida con libertad y sin miedo a que tus propias emociones te engullan.

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